Alegría

Estamos tan obsesionados con crear interfaces útiles y en construir productos rentables y beneficiosos que no siempre se perciben como experiencias agradables. Hemos llenado las pantallas de interfaces funcionales que han perdido brillo, atractivo y… alegría.

Durante este largo y extraño verano tanto Yusef y su defensa de lo inútil como Sergio y su serie de posts sobre pragmatismo y diseño han dejado por escrito unos cuantos posts que hablan de utilidad, de pragmatismo, de emociones y de diseño —si has llegado hasta aquí te recomiendo que aproveches mejor tu tiempo y vayas a leerlos a ellos. 

Casi al mismo tiempo la ciencia confirmaba que todos los sitios web se ven prácticamente iguales que automáticamente me ha traído a la memoria la charla de @stereochromo en el UX Spain de 2017 en la que ya ponía sobre la mesa el problema de la estandarización del diseño web y la creación de un lenguaje tan predecible que presenta el diseño como una disciplina carente de interés por lo estético

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Y lo cierto es que estamos creando productos y experiencias que son útiles. Construyendo servicios más rentables y más beneficiosos. A la vez que en el eterno debate entre forma y función definitivamente parece que ha ganado la partida lo utilitario, vestido de simplicidad y minimalismo. Nos hemos apoyado en la definición de productos mínimos viables, en nuevas metodologías y en la sostenibilidad de los proyectos para crear servicios con una filosofía útil, por encima de todas las cosas.

Esta utilidad se ha hecho con buena parte de las interfaces a través de un diseño muy práctico que evita, huye de la decoración y animación que invadió la web durante los primeros maravillosos años y resuelve la mayor parte de los problemas de usabilidad. Aarron Walter, en su libro Designing for Emotion,  proponía una jerarquía de necesidades para los usuarios, al estilo de Maslow. En la posición más alta de la pirámide sitúa el placer, la diversión, la alegría y el deleite justo después de que se cumplan funcionalidad, confiabilidad y usabilidad. 

Estamos diseñando interfaces que se pueden utilizar, pero que se alejan cada vez más de la parte superior de la pirámide que es la que nos proporcionó durante mucho tiempo esa sensación infantil de alegría, sorpresa y asombro.

Igual ha llegado el momento de recuperar esa tendencia a crear productos que nos proporcionan una inesperada alegría, que nos hace sonreír e incluso un poco más felices. Que nos aportan la emoción que sientes al aprender un truco nuevo en tu teléfono y corres a contárselo a todo el mundo. 

Esa alegría captura toda la emoción del aprendizaje de la interfaz: la curiosidad, la pasión, la colaboración, la conexión con la interfaz, el esfuerzo, la diversión, el orgullo, el intercambio. Ese proceso de descubrimiento de la pantalla, donde el placer de aprender es efectivo, y que nos lleva hasta la alegría.

La alegría puede estar en esos detalles que el usuario no se espera y no puede percibir a la primera porque no son parte fundamental de la experiencia. Y al que, probablemente, cualquier defensor de la utilidad por encima de todas las cosas te dirá que da igual, que no se va a dar cuenta nadie y que sin eso también vale.

Pero ese acabado maniático de la interfaz es ese pequeño toque humano que te recuerda que detrás del algoritmo, de cada interacción y del diseño hay personas reales que se preocupan de cómo te comunicas con su producto.


Publicado mas o menos el 29 de julio de 2020 a las 8:04 am por César García Gascón, archivado en las categorías Diseño, Diseño de interacción, Experiencia de usuario, Gestión de proyectos y etiquetado cómo , , , . Siéntete libre de comentar un poco más abajo si quieres.

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